20 May

Jorge Garris Mozota
Nos encontramos en la última semana anterior al día programado para las votaciones autonómicas y municipales; el 24 de mayo.

Para algunos se trata de una oportunidad para demostrar su alcance real,
para otros una incertidumbre sobre la pérdida de apoyo entre la población a causa del desgaste del poder y del ejercicio de la oposición; y para otro sector, la ocasión representa una fecha más del calendario que no supone mayor interés en la política, con un claro desapego a las propagandas cíclicas y a la realidad de los hechos; existiendo incluso los que plantean listas electorales que llegado el caso de ser elegidos, se comprometen a no ocupar el puesto como muestra de castigo y rechazo a la clase política actual.

Aragón, pero también el resto de España, se encuentra en una auténtica
encrucijada política y social, con la erosión de viejos y tradicionales
partidos, tanto en sus planteamientos como en sus personajes; así como
con la aparición, eclosión y elaboración de nuevos planteamientos
políticos que pretenden representar la tan manida “regeneración
democrática”.

Con una tasa del paro del 23%, de los cuales 50,1% representa a los
ciudadanos menores de 25 años; con unas cifras de población de origen
foráneo cercanas a los 6 millones; con unos casos de corrupción que han
salpicado a círculos y personas que inevitablemente han minado la
confianza ciudadana en el aparato estatal y político; y, lo que es también
importante, con un problema demográfico de pérdida de población y
envejecimiento de la misma que pone en duda el sostenimiento de ciertas
coberturas sociales que parecían aseguradas, los postulados de las
distintas formaciones han incidido en crear una esperanza, unos, en
ahondar en lo conseguido; otros, en transformar la realidad para impulsar
al país en determinadas direcciones no suficientemente explicadas.

Pero España, con el molde de la Constitución, y la configuración del
sistema político representativo, donde las fórmulas proporcionales
empujan a la obligada cohabitación de partidos con posturas a veces
diferentes, a veces similares con matices; no tiene fácil el camino de la
regeneración política que algunos, y al final casi todos, han esgrimido en
sus campañas, sin acabar de demostrar realmente qué es lo que
pretenden, puesto que en el transcurso de estos meses, escenificaciones
de cara a la galería aparte, muchos han acabando obrando de modo
contrario a como declaraban de forma entusiasta que pensaban hacerlo.

Si el partido que no obtiene la mayoría de los votos no goza de la
preeminencia, y la suma de los contrarios puede acabar con su victoria
electoral; el sistema se desdibuja, y como ya todos sabemos las
promesas se diluyen en adecuados y puntuales acuerdos entre partidos.

Algunos argumentan que esto es el carácter de la democracia, pero para
otros es prostituir la intención de poder llevar adelante un programa
electoral. Pero a la postre, la política municipal sabemos que es un campo
de batalla del mercado de votos. Los ciudadanos, debido a esa
proximidad elector-elegible; perciben en muchas poblaciones como aquel
que pertenecía a un determinado partido político hace un tiempo, ahora
milita en otro con más proyección si cabe; o incluso, en acuerdo contubernio de la élites locales, se distribuyen adecuadamente entre los
partidos tradicionales y ciertos novedosos con posibilidades, a fin de
pasadas las elecciones volver a sumar apoyos para que gobiernen ellas
mismas de nuevo.

No se acaba de hacer pedagogía política con la ciudadanía; las elecciones
locales no dejan de ser un eslabón del conglomerado administrativo y
político-jurídico de un Estado. Si bien dichas elecciones son un
antecedente de las generales, no se puede pretender hacer creer a los
votantes que son átomos poderosos con capacidad de cambio global.

Pocas veces se escuchan explicaciones del entorno geopolítico y
geoeconómico del país, que necesariamente impedirán, por su verdadera
influencia sobre los hechos y realidades, la consecución de las repetidas
promesas de carácter cíclico que atrapan a una parte de la población,
tomando como base de todo ello, la desorientación y sobreinformación
del ciudadano.