01 Feb

La izquierda debe hacer un discurso que entienda el nuevo escenario y dé alternativas reales

Sumidos como estamos en un cambio de sistema, de marco o de paradigma, cada vez acudimos con más frecuencia al prefijo post para nombrar lo que no alcanzamos a definir. La victoria de Trump, el auge de la extrema derecha en Europa, y la imagen de todo el establishment reunido en Davos con el mandatario chino erigido en defensor de la globalización capitalista, dibujan un panorama que, de momento, solo podemos llamar post. Postsistema.

La aniquilación del espacio, del tiempo y la fe en la racionalidad dieron al traste con la modernidad, para inaugurar algo que llamamos posmodernidad. El declive de la política como pugna de intereses ha llegado a denominarse pospolítica. Y la palabra del 2016 según el célebre diccionario de Oxford fue posverdad, que es algo así como la mentira legitimada por la percepción de una mayoría de que puede ser verdad. Es decir, cuando no sabemos –o no queremos– definir algo con exactitud, no hay más que recurrir al post.

Mientras seguimos preguntándonos cómo fue posible la victoria de Trump, la última cita del foro más representativo de la globalización neoliberal, la Cumbre de Davos, nos ha dejado una imagen reveladora: el presidente chino Xi Jinping erigido en defensa de la globalización capitalista y la recién estrenada administración Trump, clamando contra el libre comercio. Hay quienes han visto esta escena como un mundo al revés.

Sí, la globalización es –o era–, el sistema: tan líquida como para abordar al conjunto del planeta, tan adaptativa como para amoldarse a sistemas políticos y entornos culturales diferentes, tan sutil como para generar una ola homogeneizadora en tiempo récord y sin apenas oposición. Quien escapara a sus encantos se condenaría a sí mismo. Incluso hubo quién creyó que estábamos ante el fin de la historia.

Pero la historia ni ha terminado, ni es una línea recta hacia el progreso, por mucho que hoy los humanos vivamos mejor que nunca. Más bien al contrario. Como nos advertía Bauman poco antes de dejarnos, para los perdedores de la globalización, los bárbaros son la solución.

¿Qué pasaría si en lugar de pensar que es el mundo al revés, nos planteáramos que es el nuevo mundo? Una suerte de postsistema que emerge con un nuevo cleavage dividiendo el mundo entre quienes siguen por la globalización neoliberal del establishment, frente a quienes cuestionan la globalización de los mercados como rasgo fundamental del sistema. Ahora bien, al margen de Davos, y cuestionando esta globalización, emergen discursos antagónicos que demuestran que el eje izquierda–derecha está más vivo que nunca.

El discurso antiglobalización de Trump o de la extrema derecha europea no tiene nada que ver ni con los movimientos antiglobalización, ni con otros cuestionamientos desde la izquierda con vocación emancipadora. La crítica de Trump y de la extrema derecha europea a la globalización no lo es a la desigualdad creciente, ni a los flujos económicos y financieros sin control alguno. Es a la existencia de barreras o posibles limitaciones para ejercer su poder sin cortapisa alguna. Ya tenían poder, podrá decirse. Cierto, pero lo quieren todo. Por eso no están dispuestos a tolerar el multilateralismo, ni a reconocer que hay límites al crecimiento y que el cambio climático debe suponer un cambio en el modelo de desarrollo, ni a articular sociedades plurales ni mestizas. Y a la hora de ejercer el poder, se sirven de todas las exclusiones: machistas, racistas, y sin hacer ascos a la tortura. No se trata de la derecha clásica europea que conocemos. Ni puede compararse de forma trivial con las derechas fascistas y nazis que aterrorizaron a la Europa del pasado siglo. Se trata de una nueva extrema derecha, coherente con los tiempos post en que vivimos.

Más allá de lamentarnos y escandalizarnos por lo que ya está ocurriendo, conviene que nos preguntemos cómo hemos llegado hasta aquí: la globalización tiene perdedores objetivos y otros que temen serlo. Entre los primeros se encuentran aquellos en los que se fija el índice Gini que mide la desigualdad y que lleva años advirtiendo de su incremento constante. Entre los segundos, muchos votaron a Trump o están optando por opciones de extrema derecha en Europa, están sectores de la población que objetivamente no podríamos considerar «perdedores de la globalización», pero que viven temerosos de serlo. Clases medias industriales que empiezan a percibir con claridad que la línea ascendente de bienestar en la que ellos han vivido, se ha quebrado para sus hijos.

El miedo es un arma poderosa y de destrucción masiva. La inestabilidad, la inseguridad y la incertidumbre que generan los tiempos de cambios, son un terreno abonado para ese temor que busca algo o alguien que de manera firme señale un camino. No importa que sea justo, ni siquiera conveniente. sino que palíe el desasosiego. El inmigrante es la amenaza, el cambio climático un cuento para poner trabas al crecimiento económico. En este escenario la extrema derecha está sabiendo leer el panorama y los descontentos y, aprovechándose del miedo, está ofreciendo mensajes claros, firmes y, aunque repugnantes, coherentes con sus intereses.

Si las izquierdas que mantengan su vocación emancipadora quieren seguir estando en escena y parar la barbarie, es imprescindible articular un discurso postsistema que entienda con precisión el nuevo escenario y ofrezca alternativas reales, viables e ilusionantes, manteniendo aquello que fueron victorias propias, y construyendo una democracia cada vez más real que ayude a dibujar el nuevo marco. ¿Qué tal si empezamos por dejar de pensar en un elefante.